El Argentino

Me llamo James William Carter.
O al menos, así me llamaban.
Crecí en Puerto Argentino, aunque toda la vida me hicieron decir Port Stanley.
Acá te enseñan que sos británico, aunque tus abuelos hayan venido en barco desde Galicia o desde alguna provincia olvidada del norte argentino. Nos enseñan que somos diferentes, especiales, parte de algo más grande. Pero lo único grande que siempre vi fue el viento, las piedras, las ovejas, y la distancia.

Mi padre repetía que la historia se escribe desde Londres. Mi madre hablaba de los ingleses como si fueran dioses civilizados. Yo, de chico, les creía.
Hasta que llegó 1982.

La guerra no la entendí. Tenía dieciséis.
Recuerdo ver a soldados argentinos llegar con caras de hambre, frío y miedo. Pero lo que más me desconcertó fue su humanidad. Compartían pan, saludaban, se reían entre ellos como si no supieran que estaban en un territorio minado de prejuicios.

Uno de ellos, Miguel, me enseñó a jugar al truco. Me regaló una escarapela hecha con retazos. Me hablaba como si me conociera de otra vida. Nunca me pidió nada, salvo que no lo olvidara.

Y no lo olvidé.
De hecho, lo empecé a recordar con más fuerza con los años.

Pasó el conflicto. Ganaron los ingleses. Celebramos, sí. Pero algo en mí se rompió esa tarde en que vi al último soldado argentino subir al barco, dándose vuelta para mirar la costa como si dejara atrás su propia casa.

Después vino el silencio. Años de fingir. De repetir discursos vacíos. Pero la semilla ya estaba plantada. Comencé a leer, a indagar. Descubrí que mi apellido no siempre fue Carter: mi bisabuelo lo cambió al llegar. Que mis raíces eran mitad criollas, mitad gallegas. Que mis ancestros comieron locro, bailaron zamba, y hablaron en voz baja del país que alguna vez los parió.

Y un día… no aguanté más.

Fui al cementerio de Darwin. Me arrodillé frente a una tumba sin nombre. Apoyé las manos en la tierra húmeda y sentí que algo se encendía. No fue una lágrima. Fue fuego.
No era tristeza.
Era despertar.

Esa noche soñé con un caballo criollo cruzando la estepa. Con una bandera que flameaba contra el viento sur. Con una voz que decía: “Ya es hora”.

Al amanecer, me cambié el nombre. Me afeité la barba inglesa. Guardé los símbolos imperiales en una caja de madera. Y me vestí con lo que pude: una campera vieja con un parche celeste y blanco, un pañuelo en el cuello, botas de trabajo y una promesa en la boca.

Desde entonces, me convertí en El Argentino.

No un superhéroe de historietas.
Un hombre común que dejó de obedecer.
Me volví sombra entre los campos, ayuda entre los que se sienten perdidos. Escucho los susurros de los que sueñan con volver, los lamentos de los que murieron sin entender por qué luchaban, los gritos ahogados de los que creen que no pertenecen a ningún lado.

Camino la isla con un solo objetivo: recordarles que esta tierra tiene memoria.
Que la identidad no se compra en banderas ajenas.
Que uno es de donde sangra, no de donde le dicen que pertenece.

Me dicen loco. Me esquivan.
Pero cada tanto, alguno se me acerca y me pregunta en voz baja:

— ¿De verdad crees que somos argentinos?

Y yo no contesto.
Solo le dejo en la palma una escarapela cosida a mano.
La misma que Miguel me dio hace ya tantos años.

Porque El Argentino no predica.
Despierta.

**

Y esa semilla creció.
Un día, un grupo de jóvenes del pueblo pintó un mural frente al cuartel militar.
Decía: “El Sur también existe”.
Días después, otro mural: una bandera argentina, flameando sobre la turba malvinera.
Y luego, algo impensado: la radio local empezó a transmitir tangos por las noches.
Había mate en los bares. Y en las escuelas, una maestra leyó en voz alta Martín Fierro.
No era una invasión. Era un regreso.

Cuando el Parlamento del Reino Unido intentó intervenir, ya era tarde.
Las islas habían despertado.
Ya no hacía falta soldados.

Un 2 de abril cualquiera, sin disparos ni discursos, Puerto Argentino volvió a llamarse así.
Un chico colgó una bandera en la torre del reloj.
La gente salió a la calle. Abrazos. Lágrimas. Escarapelas en las solapas.
Nadie gritó victoria. Solo caminaron en silencio, como quien vuelve a casa.

Esa noche, me senté frente al mar.
Respiré hondo.

Por fin, el viento no sonaba a extranjero.
Por fin, era argentino. 

Guillermo D. A. Vallejo

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