Dos platos
La primera vez que me llamó la atención lo de los dos platos yo tendría nueve, diez
años.
No pasó nada raro. Ninguna luz apagándose sola. Ningún retrato movido.
Era la mesa.
Mi abuelo vivía solo y, aun así, servía para dos.
Lo hacía igual todos los días. El pan cortado en el medio, dos vasos, los cubiertos
acomodados con esa paciencia de gente grande que ya no tiene apuro para nada.
Después se quedaba parado unos segundos antes de sentarse. Mirando la puerta, a veces.
Mi mamá decía:
—Son cosas de tu abuelo.
Y ahí terminaba la conversación.
En esa casa no se escondían las cosas. Se dejaban quietas hasta que uno aprendía a no
preguntar.
Yo miraba desde la cocina mientras él comía. La radio baja. El ruido del tenedor
raspando el plato. Afuera ladraban perros o pasaba el tren de lejos. Y enfrente suyo, la
silla vacía.
Una noche me animé.
—¿Y ese plato?
Mi abuelo levantó apenas la cabeza.
—Por las dudas.
No explicó más. Yo tampoco insistí.
Con los años fui entendiendo algunas cosas sin que nadie me las dijera. Abril lo ponía
de mal humor. Cuando en la tele aparecían las islas, cambiaba de canal enseguida.
Dormía vestido, incluso en verano. Y si sobraba comida, la guardaba, aunque fuera un
pedazo mínimo.
Había hábitos que parecían venir de otro lado.
A veces se quedaba duro mirando la silla de enfrente. No hacía nada. Ni siquiera parecía
triste. Era peor. Como si estuviera escuchando algo.
Yo pensé mucho tiempo que todos los viejos eran así.
Hasta que encontré la foto.
Mi vieja me había mandado al galpón a buscar unas frazadas. Había olor a humedad y
gasoil viejo. Revolviendo cajas apareció una lata de galletitas oxidada. Adentro había
cartas atadas con hilo, un encendedor sin piedra y una foto doblada.
Dos soldados.
Uno era mi abuelo, flaco como nunca lo conocí. El otro tenía cara de tipo inquieto.
Sonreía medio torcido, como alguien que acaba de decir una pavada.
Estaban abrazados.
Atrás decía:
“Si salimos de esta, el asado lo pago yo.”
Nada más.
Esa noche dejé la foto arriba de la mesa de la cocina. El agua hervía hace rato y
empañaba los vidrios. Mi abuelo entró despacio, vio la foto y se quedó quieto.
Yo pensé que me iba a retar por andar revisando cosas.
Pero no.
Se sentó.
Le costó acomodarse en la silla, como si le doliera la espalda o el cansancio.
—Enrique —dijo.
Después se quedó callado un buen rato.
Yo no sabía qué decir. Él tampoco parecía saber.
Al final habló de a pedazos, salteado.
Que Enrique silbaba cuando pelaba papas. Que una vez se comió el azúcar del café con
una cuchara porque decía que le daba energía. Que odiaba tener los pies mojados. Que
le había prestado unos guantes una noche de frío.
—Decía que yo tenía manos de pianista… mira vos.
Se rio apenas. Nada.
Después volvió a mirar el plato vacío de enfrente.
Y ahí entendí.
No del todo, pero bastante.
La guerra había terminado hacía años, pero había gente que seguía allá metida quién
sabe dónde.
Después crecí. Dejé de ir tan seguido. Trabajo, cuentas, chicos enfermos, domingos
ocupados. Esas cosas. Mi abuelo envejeció sin hacer mucho ruido. Cada vez caminaba
más lento. La cocina olía siempre a sopa o a café recalentado.
La última vez que fui estaba haciendo fideos.
Dos platos otra vez.
Antes de irme me dijo:
—A veces uno queda acá para acompañar.
Yo asentí como si entendiera.
La verdad es que quería llegar a casa.
Murió en julio, durmiendo.
Después del velorio volvimos a ordenar. Mi tío fumaba en el patio escondiendo el
cigarrillo cada vez que pasaba alguien. Mi vieja cerraba cajones y lloraba en silencio.
Y yo terminé en la cocina.
No sé bien por qué.
Abrí la alacena. Saqué los platos. Corté pan.
Después abrí una botella de vino.
Y sin pensarlo demasiado, puse dos vasos sobre la mesa.
Guillermo D. A. Vallejo